LA IMPORTANCIA DEL SUEÑO
El sueño es otra vida que nos acompaña durante toda nuestra
vida. Desde el nacimiento hasta la muerte, no nos abandona. Es nuestra
segunda vida, que constituye una doble vida. Cuantitativamente hablando, cuando
lleguemos a los 70 años habremos dormido 23 años y soñado
5. En realidad, el sueño representa más de la mitad de nuestra
vida. Constituye el mundo misterioso de la vida nocturna, el reino de la
fantasía, de la danza y del desenfreno, el prodigioso baile enmascarado
de la oscuridad. El sueño es una fuente inagotable de arrebato.
Es el regalo y la recompensa. Es el supremo refugio donde nadie puede seguirnos.
Cuando estamos en él, estamos en nosotros, en nuestra intimidad. Lo usamos,
sobre todo, como proceso de compensación, desquitándonos por las
noches, a través de él, de todos nuestros fracasos diurnos. Al
compensar, nos recompensamos. Este regalo inesperado nos procura un sabor anticipado
de la felicidad verdadera.
Cuando los ojos se han cerrado y los músculos están relajados,
y el sujeto pensante se encuentra ya adormecido, separado de alguna manera de
su cuerpo, tras los párpados cerrados se encienden las luces de una extraña
fiesta. La clara conciencia del día se ha disipado, dando paso a la imaginación,
reina de este baile prohibido y enmascarado. Un caleidoscopio de imágenes
se pone a girar a nuestro alrededor. Ahora todo es posible y las dificultades
ceden el lugar al mundo de los logros. Todo lo que no hemos conseguido hacer
realidad sucede armoniosamente, conforme a nuestros deseos, en un remolino de
imágenes, que nos deja llenos de júbilo.
Pero al sueño no le basta la noche y desborda también sobre la
vida diurna. Nuestro humor matutino está ligado a los sueños.
Un sueño feliz nos pone de buen humor, sin que sepamos exactamente el
motivo. Nuestros deseos más secretos y más profundos han sido
colmados. Una pesadilla, aun si ha sido olvidada, nos estropea el día.
Más allá de nuestro humor, condiciona nuestro carácter
y nuestra personalidad. Los sueños son una parte de nosotros mismos.
Somos nuestros propios sueños. En rigor, se puede afirmar: "Dime
lo que sueñas y te diré quién eres". El psicoanálisis
nos lo prueba a diario. El sueño realiza la forma del ideal. Simboliza
la felicidad. No hay nada más importante que el sueño.
Para el sueño, nada es demasiado grande, nada demasiado pequeño.
El se hace cargo de las manifestaciones más insensibles de nuestro cuerpo.
Pero también se eleva a las consideraciones más esenciales. Al
poner sin cesar en tela de juicio el sentido de nuestra vida, nos expone continuamente
al peligro, a la felicidad, al sufrimiento, a la angustia, a la muerte.
No es por nada que el lenguaje recoge esta importancia del sueño. Cuando
se dice a propósito de alguien "él sueña con esto",
significa que se trata de un deseo ardiente de esta persona. Cuando lo que me
proponen es demasiado bello y colma todos mis deseos, yo exclamo "creo
que estoy soñando", "¡Es un sueño!". Una
vida de sueño es una vida de príncipes. Un viaje de sueño,
una casa de sueño caracterizan lo que nos parece perfecto e ideal.
La ANTIGUEDAD siempre le asignó al sueño la mayor importancia.
Es un acontecimiento ideal de la vida individual y colectiva. Siempre se
le otorgó un sentido. Naturalmente hay sueños que pueden
ser mágicos o engendrados por demonios o por seres malhechores, pero
en general los sueños son considerados como mensajes de los dioses. En
Sumer, aparecen sueños importantes en la epopeya de Gilgamesh. Lo que
no es de sorprender puesto que su madre es señalada como una sacerdotisa
especialista en la interpretación de las ensoñaciones. Es así
como sueña en varias oportunidades con una montaña que se
derrumba, vaticinio de que vencerá a sus enemigos. En Egipto también
los sueños son objeto de estudio por parte de los sacerdotes y los sueños
del faraón son considerados como elementos reveladores del destino de
su pueblo.
Estas tradiciones muy antiguas de interpretación de mensajes divinos
a través de los sueños son retomadas por los Judíos y se
hallan en la Biblia. El elemento recurrente de este testimonio consiste en mostrar
que el dios de los Judíos es superior a todos los dioses restantes, pues
es el único dios verdadero. Por ello, gracias a la protección
del Eterno, los Judíos serán siempre más fuertes que los
mejores intérpretes de todos los países restantes. Célebres
son los relatos en los cuales José (Génesis 40 y 41) interpreta
con exactitud los sueños del jefe de los coperos y del jefe de los reposteros
del faraón, y posteriormente el de las siete vacas y de las siete espigas
del faraón mismo. De esta manera, los sueños van a posibilitar
su éxito, aun cuando también es verdad que habían sido
la causa de sus desgracias (Génesis XXXVII, 5). Lo mismo sucedió
con Nabucodonosor, rey de Babilonia, quien, al no conseguir que su sueño
del árbol fuese interpretado por ninguno de los adivinos caldeos,
recurrió a Daniel (Daniel, IV, 16). No hay nada sorprendente en esta
supremacía porque el sueño es el medio ordinario por el cual
el Eterno comunica: "Oíd mis palabras: Si uno de vosotros profetizara,
yo me revelaría en él en visión y le hablaría en
sueños" (Números XII, 6). Y de hecho, la aventura de los
Hebreos comienza con el sueño de la escala de Jacobo en Bétel
(Génesis, XXVIII, 10). Y posteriormente, los reyes y los profetas recibirán
numerosas revelaciones divinas a través de los sueños, como Gedeón,
(Jueces VII, 13) y Salomón (I. Reyes II, 5). Dios habla regularmente
a través de las visiones en sueños (Job, XXXVIII, 4 y Salmos 42,
9).
Los evangelios, concebidos como un nuevo testamento, siguen teniendo la misma
concepción de las visiones. Constantemente, Dios le indica a sus
elegidos lo que deben hacer a través de sueños. José, al
descubrir que María, su prometida, estaba encinta, quiso repudiarla
en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, se le apareció en sueños
un ángel del Señor y le dijo que la recibiera como esposa, y él
obedeció (Mateo, I, 18). De la misma manera, los Reyes Magos "advertidos
en sueños de no volver a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino"
(Mateo II, 12). "Luego de que se hubieron retirado, un ángel del
Señor se apareció en sueños a José y le dijo: huye
a Egipto" (Mateo II, 13). "Muerto ya Herodes, el ángel del
Señor se apareció a José en Egipto y le dijo: Levántate
y regresa a Israel" (Mateo II, 19). Los nuevos teólogos racionalistas
o de obediencia marxista pueden tener para estos hechos interpretaciones
modernistas; pero ahí están los textos.
La historia de Jesús está construida sobre la base de sueños,
mediante los cuales Dios comunica su voluntad, desde su nacimiento hasta su
muerte (Mateo XXVI, 19). El tabú, que reservaba el mensaje de Jesús
a los Judíos, sólo es superado gracias a un sueño de Pedro
(Cartas de los Apóstoles X, 10).
Los primeros GRIEGOS apreciaban enormemente los sueños y les obedecían.
En Homero, los intérpretes de los sueños son presentados con profusión:
Tiresias, Casandra, Calchas,... Homero nos indica que Calchas, el adivino de
Agamenón, murió de rabia al haber sido sobrepasado por Mopsos.
Y en el "sueño de muerte" de Reso, éste muere verdaderamente
después de haber sido matado en sueños por Diomedes (Ilíada,
X, 497). El nacimiento de los hombres prominentes es anunciado a través
de sueños proféticos; tal es el caso de la madre de Cirio, que
sueña que una viña crece dentro de su vientre, y también
la de Alejandro Magno, cuando sueña que es abatida por un rayo, lo que
permitirá posteriormente a Alejandro llamarse hijo de Zeus. En la época
helenística, el dios del sueño se llama Bredzomantés, del
cual se origina la bridzomancia, referida al arte de interpretar los sueños.
En Roma misma, todos los sueños impresionantes, o que tuvieron relación
con la republica, tenían que ser sometidos al Senado. Tito-Livio nos
indica que Atinius fue castigado por no haber avisado a los cónsules
acerca de un sueño importante. Los Romanos siguieron, pues, actuando
del mismo modo que lo hacían los pueblo primitivos respecto del sueño.
Pólibo (X 2,9) nos señala que Escipión el Africano, llamado
el Primero, vencedor de Asdrubal y de Aníbal en el año 202 antes
de nuestra era, le debía a sus sueños los múltiples éxitos
que lo acompañaron a lo largo de su vida. Una inspiración divina
que recibía por la noche lo guiaba. Cicerón, que nos relata varios
sueños importantes, se acordó de ello al escribir el Sueño
de Escipión (República, Libro VI). En cuanto a Aníbal,
éste tuvo un sueño que lo marcó: vio una serpiente que
lo seguía por doquier y que devastaba Italia. Muchos otros sueños
tuvieron consecuencias políticas. Calpurnia, la esposa de César,
al verlo herido en sus sueños, intentó en vano de disuadirlo a
que fuera al Senado la mañana de su asesinato, en los idus de marzo -44.
Años más tarde, la Sibila de Cumes, en su antro subterráneo,
que aún conserva su impresionante aspecto, era una experta en la interpretación
de los sueños.
Durante la EDAD MEDIA, la Iglesia cristiana sigue acogiendo abundantemente las
interpretaciones de los sueños y florecen las Claves de los Sueños.
San Nicéforo, el portador de la victoria, patriarca de Constantinopla
en el siglo IX, escribió una Adivinación a través de los
sueños. En 1267, Tomás de Aquino, en su Suma Teológica,
se ve obligado a reconocer que la adivinación a través de lo sueños
no es ilegal. El obispo Synesius, Scaliger y Petrarca hablan en términos
serios de los sueños, y el gran matemático Jerónimo Cardan
les dedicó un libro en 1557. Luego las tradiciones de los sueños
se pierden. Son mantenidas exclusivamente por los Romanichels; Cagliostro, en
1745, les atribuye el origen de la clave de los sueños.
Pero la adivinación a través de los sueños desaparece cada
vez más y su interpretación es exclusiva de la gente inculta.
Gérardo de Nerval es tal vez uno de los últimos en escribir en
su favor: "El sueño es una segunda vida. No he podido atravesar
sin temblar esas puertas de marfil o de cuerno, que nos separan del mundo invisible".
BIBLIOGRAFIA
Los dos volúmenes de ensayos más importantes sobre este tema
son:
Les Songes et leur interprétation, Seuil, 1959, 331 págs.
CAILLOIS, R. Y VON GRUNEMBAUM, G.E.: Le rêve et les sociétés
humaines [El sueño y las sociedades humanas], Gallimard 1967, 430 págs.
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