LA DEPRECIACIÓN DEL SUEÑO
Tendemos a perder confianza en nuestros sueños. Por ello, el desprecio
del sueño es una actitud generalizada en nuestra civilización
técnica e industrial. Un sueño ordinario no está desprovisto
de toda realidad; pero, por oposición a la realidad cotidiana diurna,
le denegamos cualquier realidad. Varias expresiones manifiestan esta depreciación.
El término antiguo songe, [ensoñación, visión,
divagación, pensamiento, ilusión] en francés, es mucho
más usado que el término rêve [sueño] para insistir
sobre este aspecto depreciativo. Los términos "sueño"
o "ensoñación" pueden, por lo tanto, ser utilizados
para significar: lo poco importante (el problema de los demás no
es más que una ilusión); lo inconsistente (una divagación
vacía, un pensamiento ridículo, "la gloria es el sueño
de una ensoñación" escribió Lamartine); lo que es
pensado sin relación con la realidad (una quimera es un sueño),
uno de los libros de Kant se titula Die Traüme eines Geisterschers, erlaütet
durrch die Traürne der Metaphysik ("Los sueños de un visionario
iluminado por los sueños de la metafísica"); lo falso (usted
lo soñó, usted lo vio en sueños, todo sueño es mentira).
La crítica del sentido sobrenatural del sueño parece ser uno de
los primeros temas del espíritu racionalista. Se puede hallar su origen
hasta en la Biblia, en la persona del Eclesiástico, ese sabio amargo
y desengañado que propone un origen humano y no divino del sueño,
cuando escribe: "Demasiada preocupación engendra el sueño".
Asimismo, Homero intenta resolver el gran enigma de los primeros hombres que
reflexionan. Algunos sueños son proféticos y dicen la verdad,
mientras que otros no son más que mentiras. Para ello, utiliza el mito,
cuando señala que son los dioses quienes envían las visiones en
sueños, pero que pueden salir del cielo por dos puertas: los que lo hacen
por la puerta de marfil son falsos y los que lo hacen por la puerta de cuerno
son verídicos. Aquí, al igual que para la ciencia, es en los Griegos
donde hay que buscar el origen del racionalismo. La convicción de que
los sueños no son enviados por los dioses sino que son el resultado
de las preocupaciones del día anterior fue generalizándose,
cada vez más, a la par con la incredulidad del espíritu filosófico.
Estos razonamientos pueden percibirse en el discurso que Herodoto atribuye a
Artaban dirigiéndose a Jerjes: "Dices que un sueño te visita,
enviado por algún dios, y que éste te prohíbe renunciar
a tus preparativos de guerra. Pero, hijo mío, no debes ver ahí
la mano de un dios. Porque los sueños que yerran en vano entre los mortales
son los que te voy a enseñar yo, que soy mayor que tú en tantos
años: estas visiones durante el dormir son habitualmente vanas cuando
se refieren a los asuntos en los que uno se vio envuelto durante el día"
(Historias, VII, 16). En Platón, la misma corriente se pone de manifiesto
en esta cita: "Los buenos se contentan con soñar lo que los malos
hacen efectivamente". De este modo, indica el deseo como fuente del sueño,
y al insistir sobre las malas tendencias, parece concebir el sueño como
el lodazal del alma.
Hemos conservado los libros de Aristóteles sobre el dormir, el soñar,
y la adivinación en el dormir. El reconoce que ciertas previsiones son
difícilmente explicables. Pero los sueños no pueden venir de Dios,
puesto que todo el mundo los tiene. En efecto, Dios no se los enviaría
a cualquiera, sino a los seres más sabios y mejores. A lo más
son obra de genios que manejan a la naturaleza. La mayoría de las veces
sólo se trata de una serie de coincidencias. Aquellos que no tienen nada
en la cabeza o los melancólicos son los que tienen más sueños,
de los cuales siempre hay uno que acaba realizándose. En Aristóteles
podemos ver claramente el espíritu escéptico y la crítica
filosófica que lo hacen rechazar todo lo que no sea racional. Pero su
oposición a la adivinación a través de los sueños
y a su origen divino no le impide considerar como un fenómeno irrefutable
el hecho de que las mujeres, durante sus períodos, proyectan mensajes
sangrientos en los espejos con sólo contemplarse en ellos.
Los pensadores y filósofos romanos perpetuaron la crítica
porfiada del origen de los sueños. Petronio no duda en afirmar que los
sueños no son enviados por los dioses. Pero es sobre todo LUCRECIO quien,
en su lucha antirreligiosa, proporciona el análisis racionalista más
preciso de los sueños, en el libro IV de De rerum natura. Creemos ver
muertos en nuestros sueños porque la memoria, inerte y enlanguecida por
el dormir, no se acuerda que aquél que ella cree ver está muerto
(758). En realidad son los simulacros los que aterrorizan nuestros espíritus
(35). No hay motivo para dejarnos sorprender por nuestros sueños, pues
éstos sólo se refieren a nuestros temas de interés: el
abogado litiga, el general combate, el amante ama, así como los perros
y los caballos corren en sueños. Pero, aun así, Lucrecio nos revela
mucho sobre sus propios sueños. La descripción que encontramos
más frecuentemente en sus escritos es la de las pesadillas. "Muchas
veces nos han arrebatado el sueño, temblorosos y helados de espanto.
Muchos gimen de dolor y se defienden, llenando el aire con sus clamores, como
si estuvieran siendo devorados por una pantera o un león furiosos. Muchas
personas han revelado durante sus sueños sus secretos y sus crímenes.
Muchos enfrentan la muerte y llenos de terror vuelven a duras penas a sus cabales"
(963-1035). Es fácilmente comprensible que con un inconsciente tan
atormentado y cargado, estamos lejos de los sueños beatíficos
de visiones celestes. Si el "muchos" que Lucrecio utiliza como sujeto
no es una simple proyección personal, debemos pensar que en este período
tumultuoso del bajo imperio los dioses se habían retirado lejos, dejando
a la humanidad a la merced de sus propios tormentos.
El racionalismo burgués que se desarrolla a partir del renacimiento tendrá
una actitud de gran desprecio hacia el sueño. Le reprocha su ausencia
de orden lógico -el sueño es incoherente y no tiene continuidad-
o su absurdidad, puesto que hacemos cosas en los sueños que somos
incapaces de hacer en la realidad: volar por los aires o atravesar los muros.
Muchas veces presenta lo contrario de lo que se desea, de lo que ha sucedido
o de lo que sucederá. Es la supresión de todo sentido crítico
y ausencia de esfuerzo. Es así como MAINE de BIRAN, en las Nouvelles
considérations sur le sommeil, les rêves et le somnambulisme [Nuevas
consideraciones sobre el dormir, los sueños y el sonambulismo], en 1815,
lo cataloga como la forma pasiva de la imaginación. En el sueño,
imágenes de todo tipo se congregan en torno a una sensación afectiva,
generalmente interna, con el único objeto de producir construcciones
anárquicas, groseras e incomprensibles. Esta concepción del sueño
va a ser la que filósofos o ensayistas van a transmitirse. El sueño
funciona como una empresa sin gerente, en el desorden y la incoherencia. Volvemos
a encontrarnos con esta concepción en el libro de MAURY, Le sommeil et
le rêve [El dormir y el soñar] (Didier, 1878). El sueño
es un desorden, sus agitaciones tumultuosas son como las contracciones desordenadas
del baile de San Vito. El espíritu privado de mando y de unidad funciona
solo y sus producciones son parecidas "a los sonidos que produce una persona
inexperta en música cuando deja correr sus diez dedos sobre las
teclas del instrumento". Así como una empleada doméstica
que limpia un piano no está haciendo música, el sueño es
un pensamiento fallido. Este mismo análisis aparece en el artículo
sobre el sueño de DELACROIX (in Nouveau Traité de Psychologie
[Nuevo Tratado de Psicología], de Dumas). El sueño es la caricatura
del pensamiento y el autor explica este hecho por la baja que se produce en
el nivel mental, adormecido por el sueño.
Pero tal vez la concepción más desvalorizadora del sueño
sea la de BINZ (1879): "El sueño es un proceso corporal, siempre
inútil, muchas veces incluso morboso y que es al alma universal lo que
un terreno arenoso cubierto de malas hierbas al aire azul que lo domina
desde lo alto". Al funcionamiento desordenado, se agrega la idea de lo
malsano y malefactor. Para toda la psicología clásica prefreudiana,
el sueño no pasó de ser una suciedad que evoca el depósito
de basura. Hace pensar en la imagen de Plotino sobre los pantanos del alma.
Esta corriente depreciadora del sueño domina toda la psicología
filosófica autodenominada racionalista. Su expresión máxima
la constituye la conferencia sobre el sueño de BERGSON, pronunciada el
26 de marzo de 1901 en el Instituto General Psicológico. Su intelectualismo
le impidió aceptar a Freud, autor al cual cita, pero sin percibir su
importancia revolucionaria. Esto debido al hecho de que Freud no se inscribía
en la corriente de la psicología francesa, la cual, de Maine de
Biran a Janet, permanece centrada sobre el primado de la voluntad, de la tensión,
del control de la inteligencia. Para Bergson, en el sueño la inteligencia
gira en banda y proporciona la explicación menos cansadora.
Vagas sensaciones externas o internas (cenestésicas o fosfénicas)
le llegan a la mente durante el dormir, recuerdos del día anterior o
preocupaciones permanentes vuelven y "cuando opera esa confluencia entre
el recuerdo y la sensación, tendré un sueño". El sueño
razona excesivamente, y al querer darle una explicación a las imágenes
incoherentes y unirlas entre sí, parodia la razón, rayando en
la absurdidad. Por culpa del dormir, que entorpece el espíritu, este
último no se esfuerza para adaptar el buen recuerdo a la presensación,
y sin mayor búsqueda, adopta el primero que se hace presente. "El
sueño es la vida mental entera, menos el esfuerzo de la concentración".
Nuestras facultades que están alertas durante la vigilia, se relajan
en el sueño. Faltaría entender por qué tal sueño
prefiere tal o cual recuerdo a otros. Pero las fantasías de los sueños
no son más explicables que las de la vigilia. A lo sumo podemos señalar
las tendencias más marcadas. Los sueños parecen retener de
manera más particular: los pensamientos que transcurrieron como el rayo,
los objetos que percibimos sin prestarles atención, incidentes insignificantes
(para la conciencia y la razón). Por ejemplo, si durante el día
he sido rozado por un tranvía, por la noche voy a soñar que soy
arrollado. Para Bergson, el sueño no crea generalmente nada, y los escasos
ejemplos, literarios o científicos, no le parecen válidos una
vez que son estudiados de cerca. "Por lo tanto, el origen del sueño
no tiene nada de misterioso. Nuestros sueños se elaboran de manera bastante
parecida a nuestra visión del mundo real”, pero con menos exactitud.
En medio de toda esta crítica desvalorizante y despreciativa del sueño,
el único elemento positivo que Bergson le concede es la experiencia del
tiempo, "aun cuando todo es muy ordinario, hay una nota o original que
proviene del yo profundo. Esta nos proporciona la experiencia de la duración.
El sueño es el recuerdo puro, la imagen simple no reconocida y no fechada".
Aquellos que seguirán escribiendo después de él retomarán
la misma explicación racionalista. Cada uno sueña según
lo que es. Hay en el sueño un regreso de las imágenes comunes,
de los recuerdos del día anterior y de nuestras preocupaciones comunes.
Por la noche, durante el dormir, desaparecidas la voluntad y la conciencia,
el espíritu libre divaga. Entonces flotan libremente fragmentos de percepciones,
recuerdos del día anterior y del pasad reciente que giran como hojas
muertas en el viento. El sueño puede, por lo tanto, para los racionalistas
estrechos, ser asimilado a la locura. Constituye un desarreglo del espíritu,
una locura periódica. El loco es un soñador despierto así
como el soñador es un loco dormido.
Si no hay nada misterioso y sobrenatural en el sueño, resulta vano buscarle
algún sentido o pretender extraer lecciones de él. Y la palma
para esta incomprensión despreciativa del sueño recae en VOLTAIRE,
quien escribe en su Dictionnaire Philosophique: "¿Podrá creerlo
la posteridad iluminada? ¡Durante mil años hemos hecho un estudio
serio de la inteligencia de los sueños!" Pues sí, y seguimos
haciéndolo, aparte del breve entreacto de la noche racionalista. La experimentación
sobre el sueño, el análisis de Freíd, la psicología
analítica de Jung y ahora las técnica de de dominio de los sueños
propios lo permiten. Esta inoportuna frase de Voltaire es para nosotros uno
de los ejemplos más tristes de la falta de espíritu científico
por exceso de racionalismo. Es un episodio digno de ser meditado por la tendencia
actualmente dominante en psicología científica, que se autodenomina
fundamental. Lo real es imprevisible y la suma de lo que queda por descubrir
sobrepasa con creces lo poco que ya ha sido descubierto. Querer explicarlo todo
a partir de nuestros últimos descubrimientos es una moda y un obstáculo
para los descubrimientos futuros. BACHELARD pasó su vida demostrando
"el obstáculo epistemológico”. Todo descubrimiento
constituye un obstáculo para el siguiente. El racionalismo tiene sus
propios excesos. Frente a las divagaciones de la imaginación, de la superstición
y de la explotación religiosa y sobre todo clerical, la corriente
del epicureismo de Lucrecio, del humanismo del Renacimiento y del espíritu
voltariano tuvo un papel positivo. Sin embargo, produjo el sectarismo científico
y el espíritu estrecho y limitado de M. Hormais.
BIBLIOGRAFÍA
ARISTÓTELES: Petits traités et Histoire naturelle [Pequeños
tratados e Historia natural], Les Belles-Lettres, 1965, págs. 63-93.
BERGSON, H.: Le rêve [El sueño], en L'énergie spirituelle,
Oeuvres, PUF, págs. 878-897.
HERODOTO de Halicarnaso: Histoires [Historias], Belles Lettres, 1960.
LUCRECIO: De la Nature [Sobre la Naturaleza], Les Belles Lettres, 1956.
MAURY: Le sommeil et les rêves [El dormir y el soñar], Didier,
1878.
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