Francisco Duarte Díaz
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“me Gustaría Que Francisco Fuera Un Hombre Abierto Al Mundo”

Nos falta adultez para hacer las reflexiones que tenemos que hacer, para arriesgarse a hacer la reflexión, para dialogar con otras culturas, con el mundo no creyente, para hacernos las preguntas que el mundo nos está haciendo

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19.3.2013 [19:01] » 363 Visitas » Ver Ranking Google » Compartir en Facebook » Compartir en Twitter


Es el superior de los Jesuitas en Chile. A pesar de que cultiva un perfil bajo, en esta ocasión Eugenio Valenzuela S.J. da un paso al frente para hablar sobre el primer Papa latinoamericano y su relación con la orden a la que pertenece: la Compañía de Jesús.


En ese momento, dos pensamientos pasaron por la cabeza de Eugenio Valenzuela S.J. Uno fue de alegría: el nuevo Papa era un latinoamericano y de la misma orden a la que él pertenece. Valenzuela es el superior provincial de los Jesuitas en Chile, tal como el Papa Francisco lo fue en Argentina entre 1973 y 1979. El segundo pensamiento fue de preocupación. “Voy a tener que dar entrevistas”, pensó y así fue. Su teléfono no ha parado de sonar, aunque pocas veces ha contestado. En general, Valenzuela deja a otros jesuitas tomar el rol de vocero frente a los medios, pero esta ocasión era claramente excepcional.


— ¿Celebran los jesuitas?


— Yo creo que sí, algunos más felices que otros claramente. Hay que darle tiempo al Papa para que muestre lo que él tiene que portar, tenemos que ser generosos con él y con lo que viene, tener esperanzas. La Iglesia se ha equivocado y se ha convertido muchas veces. Es cierto que estamos en una crisis eclesial, pero no es la primera.


— ¿Qué significa que sea un Papa jesuita?


— Es una alegría, pero yo honestamente no creo que sea lo más significativo. Lo más significativo es que la Iglesia, ante un Papa que renuncia y con desafíos enormes, elige un hombre que viene de América Latina. Que sea jesuita, claro, a uno lo alegra, la Compañía de Jesús está para servir a la Iglesia. Nosotros no aspiramos a ser obispos y normalmente no aceptamos ser obispos. Entonces menos uno esperaría que un Papa sea jesuita. Pero, si la Iglesia considera que este hombre, este jesuita, este obispo, este cardenal puede ser una buena noticia, bienvenido sea.


— En ese sentido, ¿quién es Bergoglio para los jesuitas? Porque hay algunos que no tuvieron una reacción tan alegre…


— El cardenal Bergoglio es un jesuita argentino que fue maestro de novicios, fue provincial y después fue nombrado obispo. Él tiene características que son muy interesantes: es un hombre austero, con un estilo de vida sencillo, muy cercano. Cuando fue provincial animó a los jesuitas argentinos a misiones populares, a meterse entre los pobres. Eso es muy de él. Ahora, también es un obispo, tiene ciertas responsabilidades, tiene su fidelidad a su rol como pastor y algunos pueden considerar que tuvo intervenciones cuestionables. No sé si vale la pena decir si es progresista o conservador. Tiene estas otras características que son las interesantes para la Iglesia. Todos hablamos de una Iglesia que necesita renovarse, recuperar credibilidad. Lo importante es ver cómo este hombre elegido como Papa responde a los desafíos de la Iglesia hoy en día. Benedicto XVI como secretario de la Congregación para la Fe fue una persona y como Papa mostró otras dimensiones y yo creo que hay que dejar que Francisco muestre lo que él puede ser como Papa.


— El otro liderazgo fuerte en la Iglesia mundial por parte de un jesuita fue el del cardenal Carlo María Martini, quien murió el año pasado y que tenía una voz reformista. ¿Cómo se comparan esos dos liderazgos?


— El cardenal Martini fue un hombre muy abierto a la realidad y muy sensible a los desafíos de la cultura del mundo de hoy y yo creo que aportó a la Iglesia una vuelta profunda a las escrituras y una sensibilidad muy grande para dialogar con la cultura actual. Eso le tocó a él, es su escenario: Europa, responder a los desafíos, a las preguntas, a una Europa secularizada, a una Europa que va perdiendo la fe, por decirlo así. Yo creo que al cardenal Bergoglio le tocó otra situación eclesial. Yo no tengo claro cuál es su postura teológica, aunque sí tiene intervenciones muy claras en algunos temas que son delicados y sensibles hoy día… Él tiene la sensibilidad por los pobres, para estar con los pobres y para luchar por los pobres, para compartir la suerte de los pobres, pero no es un teólogo de la liberación.


— ¿Cómo cree que va a afectar o cambiar a la Compañía esto de tener un Papa?


— Creo que el Papa es de la Iglesia, y nosotros seguiremos colaborando con los pastores en lo que nos pidan y en lo que la Iglesia nos pide. Sería muy pequeño que nosotros sintiéramos que tenemos un lugar especial ahora que el Papa es jesuita. Yo no creo que lo hayan elegido por eso, a Francisco lo eligieron porque los cardenales creyeron que él tenía algo que aportar en este momento en la Iglesia. Que sea jesuita o no, es parte de lo que es él. Nosotros nos podemos alegrar, podemos decir que bueno que un jesuita pueda servir ahí. Pero la verdad es que yo no creo que eso vaya a cambiar la relación nuestra con el Santo Padre. Nosotros seguiremos trabajando en lo que la Iglesia nos confía, seguiremos aportando lo nuestro, a veces con más tensión y a veces con más acierto.


— Los jesuitas buscan estar en la frontera y al mismo tiempo tienen un voto de obediencia al Papa. ¿Cómo manejan esta relación?


— Con tensión. Nosotros estamos invitados a una fidelidad creativa con los pastores y con la Iglesia jerárquica y esa fidelidad creativa es asumir lo que nos piden, pero no somos niños. Tenemos carisma, pensamiento, postura y tenemos que aportarle a la Iglesia eso. A veces esas posturas entran en tensión con otras y es parte del diálogo que estamos llamados a hacer. No hay que hacer una caricatura de nuestra fidelidad y obediencia al Papa, ni de nuestras misiones. Benedicto XVI nos volvió a mandar a las fronteras, pero también nos dice “ojo, sean fieles a la doctrina”. Eso va a suponer diálogo, tensión, posturas, pero no tenemos que tenerle miedo. La Compañía jamás va a estar tentada a estar fuera de la Iglesia, no existe fuera de la Iglesia. Tenemos que asumir adultos lo que se nos pide y aportar como adultos, aunque eso suponga tensión.


— La otra parte de este voto es no tomar cargos eclesiásticos. ¿No es esto contradictorio? ¿Cuál es el origen de eso?


— San Ignacio quería personas móviles, disponibles para ser enviados a cualquier lugar. Nosotros tenemos un voto de pobreza, castidad y obediencia y necesariamente cuando un obispo empieza a ser pastor de un lugar depende directamente del Santo Padre y deja de ser móvil. Hay un tema que tiene que ver con el poder, que San Ignacio no quiere que aspiremos al poder, ni dentro ni fuera de la Compañía. No sólo no quiere que no aspiremos a ser obispos sino tampoco que no aspiremos a tener poder dentro de la Compañía, de hecho todos los cargos son limitados y todos circulamos.


La Iglesia con ojos jesuitas


— ¿Es Francisco, por ser jesuita y tradicional, una combinación de dos caras de la Iglesia que a uno muchas veces le toca ver?


— Él tiene para aportar a la Iglesia, por una parte, esta sensibilidad por el mundo de los pobres, y Benedicto XVI fue clarísimo: la opción por los pobres es parte fundamental de la fe en Jesucristo, de la fe cristológica. Tiene para aportar un testimonio de vida austero, sencillo, que se grafica muy bonitamente en esto de que le pide la bendición al pueblo. Nosotros creemos en una Iglesia servidora de la humanidad, nosotros creemos que la humanidad tiene verdad que aportar a la cultura. O sea, la Iglesia no tiene toda la verdad, también la verdad está en la realidad y hay que discernirla. Junto con eso hay otra faceta que es clave: todo este tiempo se ha hablado de una reforma de las estructuras de la Iglesia y éste es un hombre con liderazgo fuerte. Es un buen administrador y que puede hacer esas reformas porque viene de afuera también.


— Otro tema de discusión es el rol de las Iglesias locales…


— Siempre va a haber una tensión entre lo local y lo global, eso es propio de cualquier estructura universal como la Iglesia, y el diálogo tiene que ser permanente. Si bien hay una unidad en la Iglesia que debe ser en función de Jesucristo, en nuestra fe no puede haber uniformidad, sino unidad en la diversidad.


— ¿Y eso hoy día es lo suficientemente así?


— Espero que haya más unidad y que haya diversidad, y que como país, como cultura, como Iglesia no le tengamos temor a la diversidad y que cada vez dialoguemos mejor dentro de esa diversidad. Tiene que haber unidad respetando la diversidad, porque si no la respetamos se empobrece la Iglesia. Tenemos que entrar en diálogo, tomando esa realidad e iluminándola. Eso la Iglesia tiene que seguir haciéndolo o hacerlo más. Es el único modo de evangelizar hoy día. Me gustaría que Francisco fuera un hombre abierto al mundo, que dialogue con el mundo, para que ayude a la Iglesia a dialogar con el mundo. La Iglesia no puede temerle al mundo, porque si le teme al mundo, se repliega.


— ¿Está realmente presente esta actitud de buscar la verdad?


— Nos falta adultez para hacer las reflexiones que tenemos que hacer, para arriesgarse a hacer la reflexión, para dialogar con otras culturas, con el mundo no creyente, para hacernos las preguntas que el mundo nos está haciendo. A veces parece más fácil no hacerse las preguntas, pero esa fe es una fe no madura, que no crece, que no le aporta a la Iglesia.


— ¿Y esto se aplica a preguntas como cómo integrar la homosexualidad, los anticonceptivos u otras áreas tradicionalmente polémicas para la Iglesia?


— Yo creo que la Iglesia tiene postura frente a estos temas y es correcto que la tenga, y quiere aportarle a la realidad esa postura, tiene el derecho y el deber de hacerlo, y en ese aportar entra el diálogo con las distintas preguntas, porque si no entra el diálogo, no aporta. Los temas valóricos son temas eclesiales, pero estos no son sólo los temas de sexualidad, sino también los temas de justicia, en un mundo plural. El mensaje del evangelio dialoga con un mundo plural muy distinto al de 20 años atrás. La iglesia tiene su verdad pero tiene que abrirse al diálogo sobre esa verdad. Pero tiene que ser sin asustarse de la pluralidad en la que vivimos, porque a veces ante la pluralidad, la tentación es la rigidez, porque es más segura.


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Fuente: Revista Qué Pasa

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