Psicomagia Alejandro Jodorowsky con Gilles Farcet
» RETRATO DEL ARTISTA COMO PERSONAJE PÁNICO

No es tramposo sagrado quien solamente se empeña en serlo; bajo la desmesura y la aparente desenvoltura de este artista que se aparta de todos los cánones, hay mucho rigor -un rigor muy particular rigor al fin-, un potencial de creatividad inagotable, una profunda visión poética y, estoy convencido, mucha bondad.

Porque nuestro hombre tiene el corazón puro. Aun siendo rey, Jodo no abusa del poder casi absoluto que le otorgan muchos de sus súbditos. Su majestad es su propio bufón; nunca teme poner sus propias enseñanzas en tela de juicio con una buena dosis de humor. Aunque no desecha el homenaje de sus seguidores, tampoco muestra la menor intención de verse convertido en ídolo. Desinteresado por excelencia -como he podido comprobar en tantas ocasiones-, Jodorowsky sigue siendo, a mi modo de ver, crucialmente lúcido, consciente, tanto de sus poderes como de sus limitaciones. El ha tenido la suerte de acercarse a verdaderos maestros -como el japonés Ejo Takata, que lo marcó con el hierro candente del zazen-, y sin embargo, no por eso se limita a ser gurú en el sentido estricto noble de la palabra; él es más bien un genio benévolo e inquietante con el que cada cual puede andar un trecho del camino.

-Crece un poco -lanzó un día Jodo a su hija veinteañera, Eugénie.

A lo que ésta replicó:

-¡Y tú redúcete un poco!

Que el mismo Alejandro cite, no sin orgullo, esa aguda respuesta de su hija, dice mucho del personaje.

Servidor de la verdad, aunque a veces con cierto aire farsante, saltimbanqui descarado que no pide sin callar e inclinarse ante quien lo supera, Jodorowsky pertenece, a todas luces, a la raza de los locos sabios. Si bien el clown místico puede inspirar fascinación o aversión inmediatas -y a veces también ambas cosas a la vez-, es mucho lo que se gana conociendo a este hombre en toda su riqueza interior.

Aunque ha publicado varias novelas e infinidad de historietas, Jodorowsky esperó la edad de la jubilación para escribir sobre lo que más le importa. Al hilo de nuestras conversaciones, Alejandro me condujo en un viaje mágico con el arte de un Castaneda que hubiera hecho teatro. A este viaje se nos invita ahora. Este libro tiene tanto de autobiografía artístico-espiritual como de guía en una nueva terapia. Ventana a un mundo en el cual la poesía se encarna en tumultos, en el que el teatro se vuelve sacrificio ritual y en el que una bruja muy real, armada de un cuchillo de cocina, cura cánceres, cambia corazones y alimenta los sueños de la noche, esta obra permanecerá, así lo espero, como la huella del paso entre nosotros de un ser de una dimensión poco común.

GILLES FARCET
París, 1989-1993

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