Lihn siguió escribiendo y llegó a ser uno de los grandes poetas del país, tan grande fue que hoy nadie se acuerda ya de sus actos. Los chilenos se sorprenderían de saber a qué juegos se entregaba en su juventud su poeta nacional. Por lo que a mí concierne, yo abandoné la poesía propiamente dicha para dedicarme al teatro.
¿Cómo tuvo lugar esa transición?
El amor al acto me llevó a crear objetos, entre otros, unos títeres de los que pronto me enamoré. Ante todo, veía en el títere una figura esencialmente metafísica. Me encantaba ver que un objeto que yo había fabricado con mis propias manos se me escapaba. Desde el momento en que metía la mano en el títere para animarlo, el personaje empezaba a vivir de una manera casi autónoma. Yo asistía al desarrollo de una personalidad desconocida, como si el muñeco se valiera de mi voz y de mis manos para tomar una identidad que ya le era propia. Me parecía realizar un oficio de servidor más que de creador.
Finalmente, tenía la impresión de estar siendo dirigido, manipulado por el muñeco! Esta relación tan profunda con los títeres hizo nacer en mí el deseo de convertirme en títere, es decir en Aactor de teatro.
¿De verdad un actor se parece a un títere? discutible...
En cualquier caso, ésa era mi idea del teatro y del oficio de cómico. No me gustaba el teatro psicológico, dedicado a imitar la realidad”. Para mí, ese teatro llamado realista era una expresión vulgar en la que, pretendiendo mostrar algo de lo real, se recreaba la dimensión más aparente y también la más vacua y tosca del mundo tal como es percibido normalmente. Lo que se llama en general realidad” no es sino una parte, un aspecto de un orden mucho más amplio. El teatro autodenominado realista me parecía -y me parece aún- que se desentiende de la dimensión inconsciente, onírica y mágica de la realidad. Porque, insisto, la realidad no es racional, por más que así lo queramos ver para tranquilizarnos. En general, los comportamientos humanos están motivados por fuerzas inconscientes, cualesquiera que puedan ser las explicaciones racionales que les atribuyamos luego. El mismo mundo no es homogéneo, sino un amalgama de fuerzas misteriosas. No retener de la realidad más que la apariencia inmediata es traicionarla y sucumbir ante la ilusión, aunque se disfrace de realismo”. Detestando como detestaba el teatro realista, empecé a sentir repulsión a la noción de autor. No quería ver a unos cómicos repetir un texto escrito previamente; yo prefería asistir a un acto teatral que no tuviera nada que ver con la literatura. Me dije: Por qué apoyarse en un texto llamado teatral, en una obra? Todo puede interpretarse y escenificarse. Yo podría poner en escena el periódico del día, montar un drama maravilloso con la primera plana de un diario”. Así empecé a trabajar y a experimentar una libertad creciente. Como no pretendía imitar la realidad, podía moverme a mi antojo, hacer los ademanes más extravagantes, aullar... Pronto, el mismo escAenario en sí se me apareció como una limitación. Quise sacar al teatro del teatro. Por ejemplo, imaginé una obra situada en un autobús. El público esperaba en las paradas y subía al autobús que recorría la ciudad. De pronto, había que apearse y entrar en un bar, una maternidad, un matadero, en suma, entrar donde estuviera ocurriendo algo, y reanudar la marcha... Las experiencias que realicé fueron después retomadas por otros. Cuando estaba anunciado que mi espectáculo se desarrollaría en un teatro, a veces me llevaba a los espectadores a los sótanos, a los aseos o a la azotea. Más adelante, se me ocurrió la idea de que el teatro podía prescindir de los espectadores y no debía comportar más que actores. Entonces organicé grandes fiestas en las que todo el mundo podía interpretar. Finalmente, me pareció que interpretar un personaje era inútil. El actor, pensé entonces, debe intentar interpretar su propio misterio, exteriorizar lo que lleva dentro. Uno no va al teatro para escapar de sí, sino para restablecer el contacto con el misterio que somos todos. El teatro me interesaba menos como distracción que como instrumento de autoconocimiento. Por ello, sustituí la representación” clásica por lo que llamé lo efímero pánico”.
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