Psicomagia Alejandro Jodorowsky con Gilles Farcet
EL ACTO ONIRICO
La interpretación de los sueños ocupa un lugar preponderante en el quehacer del artista-chamán-director teatral-clown místico en la búsqueda de esta otra forma de locura que es la sabiduría...

Si aunq ue la interpretación de los sueños es una práctica tan vieja como el mundo. Con el tiempo, sólo han cambiado las forma de interpretación, desde el sistema simplista que consiste en atribuir sistemáticamente un significado simbólico concreto a tal o cual imagen, hasta el concepto de Jung, según el cual no se trata de explicar el sueño, sino de seguir viviéndolo, mediante el análisis, en estado de vigilia, a fin de ver esa zona adónde nos conduce. La etapa siguiente, situada más allá de toda interpretación, consiste en entrar en el sueño lúcido, en el que sabes que estás soñando, conocimiento que te da la posibilidad de trabajar sobre el contenido del sueño.

Es la práctica que se ha dado a conocer gracias a Castaneda...

El la popularizó, pero no la inventó. En realidad, el primer libro consagrado al sueño lúcido, que yo sepa, se publicó en Francia:Les rêves et les moyens de les diriger, de Hervey de Saint-Denis. Ya en 1867, este autor daba en lo esencial de la cuestión, como podrás apreciar en el extracto que te voy a leer ahora:

Ya que un sueño es como un reflejo de la vida real, los hechos que parecen ocurrir en él siguen, generalmente, incluso en su incoherencia, ciertas leyes cronológicas coherentes con la secuencia normal de todo hecho verdadero. Me refiero a que si, por ejemplo, sueño que me he roto el brazo, me parecerá que lo llevo en cabestrillo o me serviré de él con precaución, o si sueño que se cierran los postigos de una habitación, me parecerá que se ha interceptado la luz y que alrededor de mí se hace la oscuridad. Por lo tanto, imaginé que, si en sueños hacía el ademán de ponerme la mano sobre los ojos, obtendría, en primer lugar, una ilusión semejante a lo que me ocurriría verdaderamente estando despierto, si hacía el mismo ademán; es decir, que haría desaparecer las imágenes de los objetos que me parecía ver delante de mí. Después me pregunté si, luego de producir esta interrupción de la visión, no podría mi imaginación evocar más fácilmente los nuevos objetos en los que yo tratara de fijar el pensamiento. La experiencia demostró que el razonamiento era correcto. La colocación, en el sueño, de una mano delante de mis ojos, borró la visión de un campo en ese momento que antes inútilmente había tratado de cambiar sólo mediante la fuerza de la imaginación. Estuve sin ver nada durante un momento, exactamente tal como me habría ocurrido en la vida real. Hice entonces un nuevo llamamiento enérgico al recuerdo de la famosa irrupción de los monstruos y, como por arte de magia, este recuerdo, nítidamente colocado ahora en el foco de mi pensamiento, se dibujó de pronto claro, brillante, tumultuoso, sin que, antes de despertarme, tuviera yo percepción de la manera en que se había operado la transición... Si conseguimos establecer de modo terminante que la voluntad puede conservar durante el sueño la fuerza suficiente para dirigir la trayectoria de la mente a través del mundo de las ilusiones y las reminiscencias (como durante el día dirige al cuerpo a través de los acontecimientos del mundo real), podremos deducir que cierto hábito de ejercer esta facultad, unido al de tomar conocimiento, en sueños, de su verdadero estado, llevarán, poco a poco, al que persista en el esfuerzo, a resultados concluyentes. No sólo reconocerá, primeramente la acción de su voluntad consciente en la dirección de los sueños lúcidos y tranquilos, sino que pronto descubrirá la influencia de esta misma voluntad en los sueños incoherentes y apasionados. Los sueños incoherentes se coordinarán notablemente bajo esta influencia; en lo que respecta a los sueños apasionados, llenos de deseos tumultuosos o pensamientos dolorosos, el resultado de este conocimiento y esta libertad de espíritu adquiridos será la facultad de ahuyentar las imágenes desagradables y favorecer las ilusiones felices. El temor a las visiones desagradables disminuirá en la medida en que se aprecie su iniquidad, y el deseo de ver aparecer imágenes gratas será más activo al reconocer la capacidad de evocarlas; el deseo será pronto más fuerte que el temor y, puesto que la idea dominante es la que hace aparecer las imágenes, el sueño agradable será el que prevalezca. Tal es, por lo menos, la manera como yo me explico, teóricamente, un fenómeno experimentado por mí de forma constante”.

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