No tengo inconveniente, pero se impone una advertencia: describir un acto psicomágico equivale a penetrar directamente en el lenguaje del inconsciente. Y no es éste un proceso anodino. Es posible que te escandalices, y con mayor razón los lectores de nuestra conversación...
Me agarraré bien a mi sillón, para no ser aplastado por la fuerza de esas descripciones... ¡Adelante, Alejandro!
Ríete si quieres, pero estás advertido! No es que con estos actos yo trate de resolver enigmas extraordinarios; me conformo con habérmelas con pequeños problemas humanos. Pero, a fin de cuentas, ¿qué más misterioso e irracional que los pequeños problemas de unos y otros? Nuestras dificultades cotidianas ocultan abismos, no son sino la punta de un enorme iceberg...
De acuerdo. Ejemplos...
Bien. Veamos el caso de una bailarina amiga mía. Tuvo una hija con un hombre que lleva el mismo nombre de pila que el padre de ella. Esto es ya muy signi ficativo. ¡Pero resulta, además, que la bailarina se llamaba igual que la madre del amante!
Si, después de esto, se atreven a negar que cada uno buscaba en el otro, respectivamente, a su padre y su madre…
Impactante, ¿no? En realidad, muchas veces, la gente se enamora de un nombre o de una profesión que les recuerda a los del padre o la madre... Siendo aún niña, esta bailarina se quedó sola con su madre, totalmente apartada del padre. No sólo tuvo que encontrar posteriormente a un hombre que se llamara como su padre, sino que también se las ingenió para que éste la abandonara y desapareciera, a fin de que su hija tuviera una infancia parecida a la de ella. Por supuesto que todo esto no fue urdido conscientemente por ella; se trata de una estrategia inconsciente y, no obstante, de lo más burda. Cuando empezó a darse cuenta de los daños causados, vino a verme para pedirme que le prescribiera un acto que le permitiera perdonar a su padre y vencer así su odio hacia los hombres. Le rogué que me dijera en qué momento su padre había roto toda relación con ella. “Poco después de mi primera regla”, me respondió. Es frecuente que un padre se aparte de su hija cuando ésta se hace mujer. Le parece haber perdido a la niña que sentaba en sus rodillas y le duele tener que renunciar a cierta forma de intimidad, de contacto. Después le pregunté dónde estaba enterrado su padre y le propuse que fuera a su tumba. “Allí le dije: lo más cerca posible del cadáver enterrarás un algodón empapado en tu sangre menstrual y un tarro de miel”.
Sangre y miel...
Miel, para instilar dulzura, para señalar que no se trata de un acto agresivo, sino de una aproximación amorosa, de un intento de comunicación. Es un ejemplo de acto psicomágico muy sencillo que permite reactivar una relación cortada brutalmente y, al mismo tiempo, proseguir una evolución emotiva interrumpida traumáticamente. Aunque adulta, la mujer seguía en el estadio de la adolescente que tuvo que afrontar sus primeras reglas y la separación de su padre.
Otro ejemplo...
Una niña, Chantal, que se encontró a los cuatro años interna en un colegio que dirigía la hermana de la madre de su madre...
Es decir su tía-abuela...
Exactamente, una tía-abuela que tiranizaba sádicamente a esta niña. En su trabajo conmigo, Chantal, descubrió todo el odio que sentía hacia aquella mujer. No podía perdonarla, pero tampoco podía vengarse, puesto que su victimaria ya había dejado este mundo. Por lo tanto, le aconsejé que fuera a la tumba de aquella mujer y, una vez allí, dieta rienda suelta a su odio: que pateara la tumba, que gritara, que orinara y defecara, pero con la condición de que analizara minuciosamente las reacciones que provocaba la ejecución de su venganza. Chantal siguió mi consejo y, después de desahogarse sobre la tumba, sintió desde el fondo de sí misma el deseo de limpiarla y cubrirla de flores. Y, poco a poco, tuvo que rendirse a la evidencia de que, en realidad, sentía amor por su tía-abuela.
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