Psicomagia Alejandro Jodorowsky con Gilles Farcet
ALGUNOS ACTOS PSICOMÁGICOS

¿Y eso, tú lo habías adivinado?

Desde luego. Era evidente que todo aquel odio no era sino la cara deformada de un afecto no correspondido. Yo sabía que Chantal, una vez que hubiera expresado su pulsión de odio, sentiría la necesidad de dejar que se manifestara el amor que durante tanto tiempo había contenido por una mujer que, en aquel pensionado siniestro, representaba su único vínculo familiar.

Otro ejemplo...

Una señora padecía un mareo constante. Un simple charco de agua bastaba para hacerle sentir vértigo. Le aconsejé que pusiera los pies entre los muslos de una mujer y restregara la planta contra la vulva.

Ejem... ¿Y cuál fue el resultado de este tratamiento de choque?

Este acto le provocó una crisis de llanto, seguida de una revelación salvadora. No me extenderé sobre el significado simbólico de sus vértigos: miedo a ser engullida por su madre, pavor ante el sexo materno, etcétera, etcétera. Como puedes observar, mi técnica es bastante curiosa.

Es lo menos que puede decirse... ¿Cómo diablos se te ocurren semejantes ideas?

Se me ocurren, sencillamente! La verdad es que soy un artista. Por eso me he tomado la molestia de explicarte toda mi trayectoria. Las diversas etapas creativas de mi existencia me han formado y han desarrollado mi imaginación.

¿Alguna vez te has encontrado con la mente en blanco frente a un paciente?

Hasta el momento, nunca me ha sucedido. Siempre se me ocurre una respuesta. Supongo que mis consejos varían en calidad y en eficacia; pero esto no puedo decirlo yo. Son las personas que vienen a consultarme quienes han de realizar el acto y juzgar por sí mismas. En realidad, no me imagino a mí mismo mudo frente a una persona. ¡Al fin y al cabo, se es mago o no se es! Si vienes a consultarme, forzosamente tendré algo que decirte. Mis palabras siempre serán bien intencionadas y en ningún caso carecerán de eficacia. En cuanto a su grado de acierto, eso es algo que no puedo precisar. Una cosa debe quedar clara: yo no me sitúo en un terreno científico, sino en un plano artístico. La psicomagia no pretende ser una ciencia, sino una forma de arte que posee virtudes terapéuticas, lo que es totalmente diferente. Picasso realizó más de diez mil dibujos. Todos son más o menos buenos, ninguno está totalmente desprovisto de valor; pero no todos son obras maestras. Sin embargo, cada uno de ellos es Picasso, es decir, producto del talento de un artista completo. “Yo no busco; yo encuentro”, decía precisamente Picasso; encontrar es un hábito, una segunda naturaleza. Aquel que, por así decirlo, no ha adquirido el hábito de encontrar, no sabe lo que es ese chorro espontáneo que brota de la profundidad, pero el que está conectado con su fuente creativa la deja fluir, simplemente. ¿Es posible imaginar a un maestro del zen que no aceptara el desafío que encierra la pregunta de un discípulo? Esta seguridad no proviene de la ciencia ni de la megalomanía, sino de la fe, de la evidencia.

Sigamos, dame otros ejemplos...

Un muchacho se lamenta de “vivir en las nubes”, me explica que no consigue “poner los pies en la realidad” ni “avanzar” en pos de la autonomía financiera. Tomo sus palabras al pie de la letra y le propongo que consiga dos monedas de oro y se las pegue a las suelas de los zapatos, de manera que esté todo el día pisando oro. A partir de este momento, él baja de las nubes, pone los pies en la realidad y avanza... En este ejemplo, incluso me sirvo de las palabras utilizadas por el consultante. Para terminar, me gustaría contarte un acto que concierne a mi hijo mayor, Frontis.

Te escucho...

Cuando Brontis tenía siete años, intervino en mi película El Topo. Pero algunas precisiones se imponen: primero que nada, Bernadette, su madre, nunca vivió realmente conmigo. Cuando lo concebimos, yo me creía estéril. Mi padre detestaba a su propio padre y jamás firmaba “Jodorowsky”. Como no tenía el menor deseo de reproducir este apellido, había conseguido convencerme, de manera sutil, de que yo nunca tendría hijos y que, por lo tanto, era el último Jodorowsky.

Un día, una actriz con la que yo trabajaba me dijo que estaba convencida de mi fecundidad, a lo que respondí que en mi destino no estaba inscrita la procreación. Finalmente, tuvimos relaciones sexuales y, algún tiempo después, ella me anunció que estaba embarazada de mí. Como confiaba en ella, al saber que la criatura era mía, experimenté una especie de revolución personal, tanto interna como externa. La mujer con la que vivía se fue y me encontré solo frente a esta responsabilidad para la que no estaba en absoluto preparado. Acepté la llegada del niño -para mí estaba excluido el recurso del aborto-, pero me sentía desconcertado, en una disposición de ánimo muy distinta de la de un padre. Además, era pobre y no podía prestar ayuda económica a la madre y al niño. Con decirte que cuando nació Brontis no pude regalarle más que un oso de peluche. Poco después, la actriz se fue a trabajar a Europa, llevándose al niño. Transcurridos seis o siete años, tal como te lo conté enLa Trampa Sagrada,experimenté una profunda crisis de con ciencia y volví a ponerme en contacto con la madre de mi hijo, para decirle que ahora me ganaba bien la vida y que, si lo deseaba, podía enviarme a Brontis. El niño llegó con su oso de peluche y una foto de su madre. Entonces decidí hacerlo participar enEl Topo. La película empieza así: yo llego tocando la flauta, acompañado del niño y le digo solemnemente: “Ahora ya tienes siete años, eres un hombre. Entierra tu primer juguete y el retrato de tu madre”. El niño obedece, entierra el oso en la arena, mete la foto en el hoyo y luego ambos nos alejamos.

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